sábado, 5 de noviembre de 2016

DIOS ENTRA EN NUESTRA HISTORIA



Las respuestas a estas preguntas se han ido elaborando a lo largo de la historia de la humanidad, con valiosas aportaciones de diferentes culturas, trasmitidas al principio solo oralmente y más tarde por escrito. Muy recientemente, hace solo treinta y ocho siglos, un hombre llamado Abrán, natural de Ur, ciudad de Mesopotamia (el actual Irak), que vivía con su familia en Jarán, un pueblo de Siria, oyó un día a Dios que le llamaba para decirle: Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra (Gn 12, 1-4).
En estas palabras, Dios le hace a Abrán tres promesas:
a) le dará una tierra y convertirá a su familia en una gran nación (Abrán descubrió pronto que esa tierra era Canaán, el actual Israel);
b) lo bendecirá y hará de Abrán un personaje importante, con la autoridad de un rey;
c) por medio de Abrán y del pueblo que él va a fundar, Dios traerá una bendición para todas las naciones del mundo.
Dios comienza su acercamiento a los hombres con la fundación del pueblo que sale de Abrán, que se llamará Israel. Así cumple la primera promesa hecha a Abrán, pues de sus descendientes forma un pueblo al que protege de manera especial y al que se da a conocer poco a poco, adaptándose a la mentalidad de sus gentes y haciendo con ellos unos acuerdos o pactos –llamados alianzas– en los que Dios se compromete a cuidarlos si ellos le obedecen.
Esta intervención de Dios junto a otras anteriores y posteriores, fueron transmitidas oralmente, en forma de relatos, de generación en generación hasta que, pasados muchos años, incluso siglos, hombres sabios las pusieron por escrito para que no se perdieran. Los autores de estos libros, escritos en diferentes épocas y lugares, con lenguajes, estilos y formas literarias diversas, recibieron una especial ayuda de Dios para que, a través de sus escritos, pudieran llegar hasta nosotros luces divinas que nos permitieran encontrar respuestas para las «grandes preguntas». En estos libros, llamados Antiguo Testamento –aquí “testamento” equivale a “alianza”– se recogen viejos relatos llenos de sabiduría, inspirados muchas veces en otros mucho más antiguos, procedentes de distintos lugares, donde se cuenta el origen del mundo y de los hombres, y algunos acontecimientos que sucedieron antes de Abrán, con formas literarias propias de esas épocas, a las que no cabe exigir la precisión y exactitud con que se escribe ahora la historia. Los libros que componen el Antiguo Testamento, escritos en hebreo,  arameo y griego, constituyen quizá el monumento literario más importante del mundo, por su belleza y, sobre todo, por su influencia. Precisamente en el primero de ellos, llamado Génesis, palabra griega que significa generación o nacimiento, podemos encontrar muchas respuestas a esas grandes preguntas que todos los hombres nos hacemos. Las tradiciones primordiales del Génesis, parecidas a las de otros pueblos que vinculan su origen al comienzo del universo, tratan sobre tres orígenes o nacimientos: del mundo, de los hombres y de Israel.

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