Las
respuestas a estas preguntas se han ido elaborando a lo largo de la historia de
la humanidad, con valiosas aportaciones de diferentes culturas, trasmitidas al
principio solo oralmente y más tarde por escrito. Muy recientemente, hace solo
treinta y ocho siglos, un hombre llamado Abrán, natural de Ur, ciudad de
Mesopotamia (el actual Irak), que vivía con su familia en Jarán, un pueblo de
Siria, oyó un día a Dios que le llamaba para decirle: Sal de tu tierra, de
tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de
ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán
benditas todas las familias de la tierra (Gn 12, 1-4).
En
estas palabras, Dios le hace a Abrán tres promesas:
a) le dará una tierra y convertirá a su familia en una gran nación
(Abrán descubrió pronto que esa tierra era Canaán, el actual Israel);
b) lo bendecirá y hará de Abrán un personaje importante, con la
autoridad de un rey;
c) por medio de Abrán y del pueblo que él va a fundar, Dios traerá
una bendición para todas las naciones del mundo.
Dios
comienza su acercamiento a los hombres con la fundación del pueblo que sale de
Abrán, que se llamará Israel. Así cumple la primera promesa hecha a Abrán, pues
de sus descendientes forma un pueblo al que protege de manera especial y al que
se da a conocer poco a poco, adaptándose a la mentalidad de sus gentes y
haciendo con ellos unos acuerdos o pactos –llamados alianzas– en los que Dios
se compromete a cuidarlos si ellos le obedecen.
Esta intervención de Dios junto a otras anteriores y posteriores,
fueron transmitidas oralmente, en forma de relatos, de generación en generación
hasta que, pasados muchos años, incluso siglos, hombres sabios las pusieron por
escrito para que no se perdieran. Los autores de estos libros, escritos en
diferentes épocas y lugares, con lenguajes, estilos y formas literarias
diversas, recibieron una especial ayuda de Dios para que, a través de sus
escritos, pudieran llegar hasta nosotros luces divinas que nos permitieran
encontrar respuestas para las «grandes preguntas». En estos libros, llamados Antiguo Testamento –aquí “testamento”
equivale a “alianza”– se recogen viejos relatos llenos de sabiduría, inspirados
muchas veces en otros mucho más antiguos, procedentes de distintos lugares,
donde se cuenta el origen del mundo y de los hombres, y algunos acontecimientos
que sucedieron antes de Abrán, con formas
literarias propias de esas épocas, a
las que no cabe exigir la precisión y exactitud con que se escribe ahora la
historia. Los libros que componen el Antiguo
Testamento, escritos en hebreo, arameo y griego, constituyen quizá el
monumento literario más importante del mundo, por su belleza y, sobre todo, por
su influencia. Precisamente en el primero de ellos, llamado Génesis, palabra griega que significa
generación o nacimiento, podemos encontrar muchas respuestas a esas grandes
preguntas que todos los hombres nos hacemos. Las tradiciones primordiales del Génesis, parecidas a las de otros
pueblos que vinculan su origen al comienzo del universo, tratan sobre tres
orígenes o nacimientos: del mundo, de los hombres y de Israel.
literarias propias de esas épocas, a
las que no cabe exigir la precisión y exactitud con que se escribe ahora la
historia. Los libros que componen el Antiguo
Testamento, escritos en hebreo, arameo y griego, constituyen quizá el
monumento literario más importante del mundo, por su belleza y, sobre todo, por
su influencia. Precisamente en el primero de ellos, llamado Génesis, palabra griega que significa
generación o nacimiento, podemos encontrar muchas respuestas a esas grandes
preguntas que todos los hombres nos hacemos. Las tradiciones primordiales del Génesis, parecidas a las de otros
pueblos que vinculan su origen al comienzo del universo, tratan sobre tres
orígenes o nacimientos: del mundo, de los hombres y de Israel.
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