Además
de enseñarnos que los seres humanos estamos hechos para amar –solo así somos
felices–, que Dios creó al principio una sola pareja y que el hombre y la mujer
tienen la misma categoría porque los dos son personas humanas, el Génesis dice:
Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su
nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo (Gn 2,
7). Hasta este momento, el libro del Génesis ha narrado cómo Dios creaba
todas las cosas con su palabra. Ahora, cuando describe la creación del hombre,
el narrador parece acercarse a la escena con un «zoom», puesto que presenta a
Dios modelando con sus manos una figura de barro. Así expresa la Biblia dos
verdades sobre el ser humano: por un lado, nuestro cuerpo está hecho del mismo “material”
que los animales, y por eso tenemos elementos comunes a ellos; pero estamos a
otro nivel: entre los demás seres y nosotros hay una distancia inmensa. El
Génesis explica esta diferencia cuando dice: Dios insufló en su nariz
aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Todos los seres
vivos tiene un cuerpo y un principio de vida que llamamos alma. Pero los seres
humanos tenemos además “el aliento de Dios”, que llamamos espíritu. Somos carne
y espíritu unidos. Pero nuestro espíritu no se destruye cuando el cuerpo muere,
como les sucede a los animales y a las plantas, sino que vive para siempre.
Dios los bendijo (al hombre y a la
mujer) y les dijo Dios: «Sed fecundos y
multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,
28). Estas palabras se entienden mejor si se leen a la luz de otras que dice un
poco más adelante: Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se
unirá a su mujer y serán los dos una sola carne (Gn 2, 24). Dios
no destina al hombre y a la mujer para que se reproduzcan como los animales,
sino que los bendice para que por amor decidan libremente unir sus vidas para
fundar una alianza amorosa, permanente y fecunda: el matrimonio. Así se forma
una familia, ámbito adecuado para que puedan nacer y desarrollarse como
personas los hijos que nazcan como fruto de su unión en “una sola carne”. Más
adelante, cuando Jesucristo nos dé a conocer que por ser Dios Amor, es Uno en
tres Personas, veremos que en la familia fundada en la unión de un hombre y una
mujer bendecidos por Dios en el matrimonio, se refleja Dios.
Y habiendo concluido (Dios)
el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la
obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él
descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó (Gn 2,
1-4). De una manera sencilla, para que todos los hombres lo entiendan, la
Biblia nos muestra que toda la obra creadora de Dios está dirigida hacia el día
séptimo, el último y más importante día de la semana porque Dios lo ha
bendecido y consagrado. Ese día, por tanto, el hombre debe descansar de su
trabajo y dedicarse a adorar a Dios. Adorar es alabar a Dios, reconocer que Él
nos ha hecho y que, por tanto, es nuestro Amo, nuestro Señor, porque todo lo
que somos y tenemos es fruto de su amor por nosotros. Adorar a Dios es
manifestarle nuestro agradecimiento por la grandeza y belleza de toda la
creación, que Él ha hecho para nosotros. La adoración a Dios, que se expresa
también con el cuerpo, inclinándonos o doblando nuestras rodillas, nos ayuda a
descubrir nuestra verdad más profunda: que venimos de un Dios que nos ama. Para
todos los hombres, adorar a Dios es lo primero. Si falta la adoración a Dios,
el hombre se pierde.




