lunes, 28 de noviembre de 2016

LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y LA MUJER, 2



               Además de enseñarnos que los seres humanos estamos hechos para amar –solo así somos felices–, que Dios creó al principio una sola pareja y que el hombre y la mujer tienen la misma categoría porque los dos son personas humanas, el Génesis dice: Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo (Gn 2, 7). Hasta este momento, el libro del Génesis ha narrado cómo Dios creaba todas las cosas con su palabra. Ahora, cuando describe la creación del hombre, el narrador parece acercarse a la escena con un «zoom», puesto que presenta a Dios modelando con sus manos una figura de barro. Así expresa la Biblia dos verdades sobre el ser humano: por un lado, nuestro cuerpo está hecho del mismo “material” que los animales, y por eso tenemos elementos comunes a ellos; pero estamos a otro nivel: entre los demás seres y nosotros hay una distancia inmensa. El Génesis explica esta diferencia cuando dice: Dios insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Todos los seres vivos tiene un cuerpo y un principio de vida que llamamos alma. Pero los seres humanos tenemos además “el aliento de Dios”, que llamamos espíritu. Somos carne y espíritu unidos. Pero nuestro espíritu no se destruye cuando el cuerpo muere, como les sucede a los animales y a las plantas, sino que vive para siempre.

               Dios los bendijo (al hombre y a la mujer) y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). Estas palabras se entienden mejor si se leen a la luz de otras que dice un poco más adelante: Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne (Gn 2, 24). Dios no destina al hombre y a la mujer para que se reproduzcan como los animales, sino que los bendice para que por amor decidan libremente unir sus vidas para fundar una alianza amorosa, permanente y fecunda: el matrimonio. Así se forma una familia, ámbito adecuado para que puedan nacer y desarrollarse como personas los hijos que nazcan como fruto de su unión en “una sola carne”. Más adelante, cuando Jesucristo nos dé a conocer que por ser Dios Amor, es Uno en tres Personas, veremos que en la familia fundada en la unión de un hombre y una mujer bendecidos por Dios en el matrimonio, se refleja Dios.

            Y habiendo concluido (Dios) el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó (Gn 2, 1-4). De una manera sencilla, para que todos los hombres lo entiendan, la Biblia nos muestra que toda la obra creadora de Dios está dirigida hacia el día séptimo, el último y más importante día de la semana porque Dios lo ha bendecido y consagrado. Ese día, por tanto, el hombre debe descansar de su trabajo y dedicarse a adorar a Dios. Adorar es alabar a Dios, reconocer que Él nos ha hecho y que, por tanto, es nuestro Amo, nuestro Señor, porque todo lo que somos y tenemos es fruto de su amor por nosotros. Adorar a Dios es manifestarle nuestro agradecimiento por la grandeza y belleza de toda la creación, que Él ha hecho para nosotros. La adoración a Dios, que se expresa también con el cuerpo, inclinándonos o doblando nuestras rodillas, nos ayuda a descubrir nuestra verdad más profunda: que venimos de un Dios que nos ama. Para todos los hombres, adorar a Dios es lo primero. Si falta la adoración a Dios, el hombre se pierde.

sábado, 19 de noviembre de 2016

LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y DE LA MUJER, 1



        El libro del Génesis recoge dos relatos para explicar cómo Dios hizo al hombre y a la mujer. Los seres humanos son lo último y lo más valioso de toda la obra creadora de Dios. Estos relatos contienen enseñanzas profundas sobre nosotros: quién nos ha dado la vida, de qué manera, cómo somos y para qué nos ha hecho Dios.


       Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó (Gn 1, 26-27). Si un día vemos una escena o una persona que nos gusta y queremos recordarla, hacemos una foto o pintamos un cuadro que representa esa escena o a esa persona. Así, cada vez que vemos la imagen que hemos fotografiado o pintado, nos ponemos mentalmente en relación con esa escena o esa persona. Una imagen, por tanto, sirve para ponerme en contacto con la realidad que representa. Cuando la Biblia dice creó Dios al hombre a su imagen, nos está enseñando que Dios creó al hombre de manera que pudiera establecer una relación personal con Dios. En esto está la grandeza del hombre, lo que lo sitúa por encima de los demás seres. Además, Dios le confió el cuidado de los demás seres visibles para que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra.   
         


            Dios crea al hombre a su imagen, es decir, le da capacidad de ponerse en relación con Dios y lo hace a su semejanza, para que se relacione con Dios como un hijo con su Padre, es decir, de forma amorosa. Dios da a Adán una compañera, otro ser humano con un cuerpo distinto, pero con la misma dignidad que Adán. Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán. Adán dijo: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón» (Gn 2, 18, 21-24). Y esta igualdad se ve en esa breve narración donde se muestra a Dios fabricando a la mujer del mismo material que hizo a Adán. Los primeros seres humanos que Dios crea son un hombre y una mujer y de esta primera pareja de personas procedemos todos nosotros.

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL COMIENZO DEL MUNDO



           Al principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1, 1). En el primer capítulo del libro del Génesis, Dios se nos da a conocer como el único y verdadero Dios. Dios es uno. No hay más dioses que Él, También nos enseña que todo lo que existe es obra suya. Antes de que Él hiciese todas las cosas, solo existía Dios. Este hacer cosas de la nada se llamar crear. Por eso a esta obra de Dios se la llama “creación”. Nosotros empleamos también la palabra creación para referirnos a algo que inventamos, como una obra de arte o un libro, pero todas las “creaciones” humanas necesitan contar con un material previo: papel, pluma, tinta, lienzo, pintura, mármol, etc. Solo Dios crea de la nada, pues llama a la existencia a esas obras suyas sin sacarlas de sí mismo ni de una materia previa. Eso es crear.
         La palabra “cielo” no significa aquí el firmamento, sino el mundo espiritual, sobre todo los ángeles, que son espíritus sin cuerpo y, por tanto, invisibles, con inteligencia y voluntad. Los ángeles son los seres personales más perfectos que ha hecho Dios, y no mueren.
El relato de la creación del mundo visible está dividido en seis días. El sentido de la palabra “día” aquí es “período de tiempo”. En los primeros “días”, Dios crea un mundo apto para que puedan vivir en él los seres vivos: día y noche (tiempo); firmamento, mar, tierra (espacio). Después crea el sol y la luna, que marcan el tiempo del día y la noche; las aves y los peces que pueblan el firmamento y el mar; y al final, los animales y los seres humanos que viven en la tierra. 

        Dijo Dios: Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra. Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas (Gn 1, 14-16). Así aclara el autor sagrado que ni el sol, ni la luna son dioses, sino algo que Dios ha creado.
Después de crear cada una de esas cosas, el Génesis añade: Y vio Dios que era bueno. Todo lo que Dios ha creado –la luz, el firmamento, el mar, la tierra, la hierba, las plantas y los árboles, el sol, la luna y las estrellas, los peces y los pájaros y todos los animales– es bueno. Dios quiere, de este modo, quitar el miedo que los hombres antiguos sentían ante las fuerzas de la naturaleza a las que consideraban dioses malos.

sábado, 5 de noviembre de 2016

DIOS ENTRA EN NUESTRA HISTORIA



Las respuestas a estas preguntas se han ido elaborando a lo largo de la historia de la humanidad, con valiosas aportaciones de diferentes culturas, trasmitidas al principio solo oralmente y más tarde por escrito. Muy recientemente, hace solo treinta y ocho siglos, un hombre llamado Abrán, natural de Ur, ciudad de Mesopotamia (el actual Irak), que vivía con su familia en Jarán, un pueblo de Siria, oyó un día a Dios que le llamaba para decirle: Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra (Gn 12, 1-4).
En estas palabras, Dios le hace a Abrán tres promesas:
a) le dará una tierra y convertirá a su familia en una gran nación (Abrán descubrió pronto que esa tierra era Canaán, el actual Israel);
b) lo bendecirá y hará de Abrán un personaje importante, con la autoridad de un rey;
c) por medio de Abrán y del pueblo que él va a fundar, Dios traerá una bendición para todas las naciones del mundo.
Dios comienza su acercamiento a los hombres con la fundación del pueblo que sale de Abrán, que se llamará Israel. Así cumple la primera promesa hecha a Abrán, pues de sus descendientes forma un pueblo al que protege de manera especial y al que se da a conocer poco a poco, adaptándose a la mentalidad de sus gentes y haciendo con ellos unos acuerdos o pactos –llamados alianzas– en los que Dios se compromete a cuidarlos si ellos le obedecen.
Esta intervención de Dios junto a otras anteriores y posteriores, fueron transmitidas oralmente, en forma de relatos, de generación en generación hasta que, pasados muchos años, incluso siglos, hombres sabios las pusieron por escrito para que no se perdieran. Los autores de estos libros, escritos en diferentes épocas y lugares, con lenguajes, estilos y formas literarias diversas, recibieron una especial ayuda de Dios para que, a través de sus escritos, pudieran llegar hasta nosotros luces divinas que nos permitieran encontrar respuestas para las «grandes preguntas». En estos libros, llamados Antiguo Testamento –aquí “testamento” equivale a “alianza”– se recogen viejos relatos llenos de sabiduría, inspirados muchas veces en otros mucho más antiguos, procedentes de distintos lugares, donde se cuenta el origen del mundo y de los hombres, y algunos acontecimientos que sucedieron antes de Abrán, con formas literarias propias de esas épocas, a las que no cabe exigir la precisión y exactitud con que se escribe ahora la historia. Los libros que componen el Antiguo Testamento, escritos en hebreo,  arameo y griego, constituyen quizá el monumento literario más importante del mundo, por su belleza y, sobre todo, por su influencia. Precisamente en el primero de ellos, llamado Génesis, palabra griega que significa generación o nacimiento, podemos encontrar muchas respuestas a esas grandes preguntas que todos los hombres nos hacemos. Las tradiciones primordiales del Génesis, parecidas a las de otros pueblos que vinculan su origen al comienzo del universo, tratan sobre tres orígenes o nacimientos: del mundo, de los hombres y de Israel.