domingo, 11 de diciembre de 2016

EL ORIGEN DEL MAL, 2



             

                 Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín (Gn 3, 6-9). El diablo es un mago en el arte de deformar la realidad y así hace que lo que nos daña –la rebelión contra Dios– aparezca a nuestros ojos como algo atractivo y apetecible. Aquí se describe magistralmente la tentación, esa manipulación de la mentira que hace el demonio para que la veamos como una promesa de felicidad: seréis como dioses. Pero las cosas son como son y esta rebelión de nuestros primeros padres contra Dios produjo unos efectos terribles que llegan hasta nosotros. 

                 Al romper la relación filial que tenían con Dios, se destruyó la armonía que había dentro de ellos. Desde entonces, nuestra razón ya no tiene tanto dominio sobre nuestros sentidos, como antes del primer pecado. Desde pequeños, todos tenemos esta experiencia: a veces nos apetecen cosas que nos hacen daño como comer o beber demasiado, vengarnos de alguien que nos ha tratado mal, usar la violencia para arreglar un problema, etc. La desobediencia a Dios ha provocado que dentro de nosotros los sentidos y las apetencias también desobedezcan a nuestra razón. Y esto es lo que expresan estas palabras del Génesis: descubrieron que estaban desnudos (Gn 3, 7). Antes de narrar la primera caída de nuestros primeros padres, el Génesis dice: Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno del otro (Gn 2, 25). Después del pecado sienten vergüenza porque sus ojos y su corazón no están limpios y, al mirarse mutuamente, les cuesta vencer el egoísmo de buscar la propia satisfacción en la unión amorosa. El problema no está en la desnudez del cuerpo humano sino en los deseos que suscita el mirarlo con un corazón manchado.

                 El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?». Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?». Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí» (Gn 3, 9-14). Adán y Eva ahora sienten miedo de Dios y por eso se esconden de su vista. Y, por cómo Adán acusa a su mujer, se nota que también algo se ha roto entre ellos. 

                 El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3, 14-16). Es sorprendente que Dios, al castigar a la serpiente, símbolo del diablo, prometa ya, aunque de manera velada, la llegada de un Salvador: un descendiente de la primera mujer que aplastará la cabeza del Tentador, es decir, lo vencerá y le quitará el dominio que había adquirido sobre los hombres, debilitados ahora por su alejamiento de Dios a causa del pecado. Este es el primer anuncio de la venida de Jesucristo, nuestro Salvador, a la tierra.

                 A continuación, el Señor Dios va señalando las consecuencias del primer pecado: los dolores del parto para la mujer; la tendencia del hombre a dominar a la mujer; la fatiga que comporta desde entonces el trabajo; las dificultades para cultivar la tierra, porque también se ha trastocado la armonía que había entre el hombre y las demás criaturas, y finalmente la muerte, pues eres polvo y al polvo volverás (Gn 3, 19).

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