viernes, 2 de diciembre de 2016

EL ORIGEN DEL MAL, 1



              
                 Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal. (…) El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara. El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir» (Gn 2, 8-10, 15-18). La imagen de un jardín maravilloso describe el mundo en el que Dios pone a los dos primeros seres humanos. Era un mundo lleno de unidad y belleza, como una casa acogedora que calienta y alimenta, sin peligros ni amenazas. Dios confía este mundo al hombre, no para que lo explote a su gusto como si fuese su propiedad personal, sino para que lo cuide y lo cultive. El trabajo se presenta aquí como la invitación de Dios para que el hombre colabore con Él, de forma agradable, en la tarea de conservar la creación. En este relato, al plasmar la familiaridad entre Dios y las dos primeras personas humanas, se respira un ambiente de bondad, de fiesta. El dominio que Dios les concede sobre toda la creación sugiere que dentro de ellos había una armonía que nos resulta difícil imaginar ahora.

                   Respecto a la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, en el lenguaje de la Biblia es frecuente emplear dos realidades opuestas para expresar la totalidad; por ejemplo, “entrar y salir” quiere decir “vivir”. “Conocer el bien y el mal” puede significar conocer todo, pero esto es solo propio de Dios. Lo que Dios les prohíbe, por tanto, es que intenten reemplazar a Dios o “ser como Dios”. El hombre y la mujer son y siempre serán criaturas, es decir, seres dependientes de Dios. Dios les había dado la vida y, con ella, un espíritu inmortal, para que pudieran conocer el bien y el mal, no inventarlo. Ellos no eran Dios, por muy perfectos que Dios los hubiese hecho y por muy altos que los hubiera colocado en el mundo. La libertad del hombre tiene un límite, que él debe respetar: Dios y sus mandatos. 

                 La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» . La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (Gn 3, 1-6). La serpiente es imagen del ángel Satán –palabra hebrea que significa “enemigo”–, que habiendo sido creado bueno por Dios, se rebeló con otros ángeles contra su Creador y escogió separarse para siempre de Dios. Este ser, llamado también demonio o diablo, actúa movido por su odio a Dios e intenta apartar a los hombres de Dios. Es espíritu sin carne y tiene mucho poder porque conserva la inteligencia que Dios le dio. Por eso el relato del Génesis califica a la serpiente de “astuta” y la Biblia llama al demonio “padre de la mentira” y “homicida desde el principio”, porque incitó con engaño a Adán y Eva a rebelarse contra su Creador, y por eso perdieron su verdadera “vida”, que era la relación amorosa con Dios.

                 Y (la serpiente) dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3, 2). Con esta pregunta insidiosa, que deforma la verdad –ya que Dios no les había dicho eso– el diablo busca destruir la confianza en Dios de nuestros primeros padres y sembrar en ellos la sospecha contra la bondad de Dios. En el fondo, quiere cambiar la idea que tienen de Dios, presentándolo como enemigo de la libertad del hombre, porque no les deja comer de los árboles del jardín. Y aunque la mujer le aclara a la serpiente que no es verdad lo que pregunta, sin embargo, el veneno de la sospecha contra Dios ya está sembrado en el corazón de Adán y Eva. Desde ese momento, comienzan a ver en Dios no a un Padre amoroso que les ha regalado todo y los ha puesto en la cima de la creación visible, sino a alguien que molesta porque pone límites a su libertad. 

                 Una vez preparado el terreno, el diablo se lanza abiertamente a engañar a Adán y Eva, presentando a Dios como mentiroso y envidioso de la felicidad de los hombres: No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal (Gn 3, 4-6). La serpiente les confirma que, si desobedecen a Dios, no solo no morirán sino que serán como Dios. En estas últimas palabras está la fuerza del anzuelo tentador: “Seréis como Dios”, es decir, ya no dependeréis de nadie, vuestra libertad no tendrá ninguna limitación, podréis hacer lo que os dé la gana. En el fondo, lo que atrae al hombre es no depender de nadie, pero esto equivale a dejar de ser lo que es, criatura. El diablo le presenta el pecado, que es desobediencia y rebelión contra Dios, como una liberación de los límites propios de su condición de creatura, que ahora ven como una atadura insoportable.

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