domingo, 18 de diciembre de 2016

EL ORIGEN DEL MAL, 3



             
Adán y Eva habían recibido unos regalos que estaban por encima de lo natural –la amistad con Dios, la condición de hijos de Dios y otros privilegios como el de no morir– no solamente para ellos dos, sino para todos sus descendientes, ya que el género humano forma como un cuerpo, donde sus miembros están unidos y lo que le sucede a uno repercute en los demás. Por eso todos los hombres heredamos las consecuencias del primer pecado de Adán y Eva, como hubiéramos heredado sus privilegios si ellos no se hubiesen rebelado contra Dios. Aunque sabemos que al nacer todos recibimos esos efectos del pecado, no podemos explicar cómo se transmite ese pecado desde Adán y Eva a nosotros. Desde luego, en Adán y Eva, su pecado es diferente que en nosotros, porque para ellos fue un pecado personal, pero para nosotros no. Ellos lo cometieron, nosotros lo contraemos al ser engendrados. Es como si alguien fabrica un virus peligroso y se infecta con él al manipularlo. Pero una vez fabricado, ese virus pasa a sus descendientes. Estos no son responsables pero lo padecen, están infectados. Se llama “pecado original” a ese “virus” que rompe nuestra armonía interior y con los demás seres racionales, que procede no de un pecado personal nuestro sino de un pecado “personal” de nuestros primeros padres, y que está en la base de nuestros “pecados personales”. El pecado original es un “estado” –nacemos “infectados”– no un acto, como fue en Adán y Eva.
               
  El pecado de Adán y Eva cortó las relaciones de amistad de nuestros primeros padres con Dios y, por eso, en esta primera familia del mundo se empezaron a manifestar las consecuencias de esta separación de Dios: Caín, uno de los hijos de Adán y Eva, mató por envidia a su hermano Abel. Después, con el paso del tiempo, el corazón de los hombres se corrompió de tal forma que la tierra se llenó de violencia. La Biblia cuenta que entonces llovió intensamente durante cuarenta días, la tierra se inundó y murieron todos sus habitantes, salvo un hombre justo, Noé, al que Dios prometió que nunca más volvería a suceder algo semejante y como señal de su promesa hizo salir un magnífico arco iris en aquel lugar. Noé tuvo tres hijos, Sem, Cam y Jafet. Con el paso del tiempo, los hombres perdieron la memoria del único Dios verdadero que les había creado y comenzaron a adorar al sol, la luna, las estrellas, a los grandes ríos e incluso a las cimas de las montañas. Pasados muchos años, de uno de los descendientes de Sem, llamado Teraj, nació Abrán, un hombre al que Dios se dio a conocer y al que guio para fundar un pueblo, Israel, en el que Dios iba a cumplir la promesa de salvar a los hombres, que había hecho después del pecado de Adán y Eva.



domingo, 11 de diciembre de 2016

EL ORIGEN DEL MAL, 2



             

                 Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín (Gn 3, 6-9). El diablo es un mago en el arte de deformar la realidad y así hace que lo que nos daña –la rebelión contra Dios– aparezca a nuestros ojos como algo atractivo y apetecible. Aquí se describe magistralmente la tentación, esa manipulación de la mentira que hace el demonio para que la veamos como una promesa de felicidad: seréis como dioses. Pero las cosas son como son y esta rebelión de nuestros primeros padres contra Dios produjo unos efectos terribles que llegan hasta nosotros. 

                 Al romper la relación filial que tenían con Dios, se destruyó la armonía que había dentro de ellos. Desde entonces, nuestra razón ya no tiene tanto dominio sobre nuestros sentidos, como antes del primer pecado. Desde pequeños, todos tenemos esta experiencia: a veces nos apetecen cosas que nos hacen daño como comer o beber demasiado, vengarnos de alguien que nos ha tratado mal, usar la violencia para arreglar un problema, etc. La desobediencia a Dios ha provocado que dentro de nosotros los sentidos y las apetencias también desobedezcan a nuestra razón. Y esto es lo que expresan estas palabras del Génesis: descubrieron que estaban desnudos (Gn 3, 7). Antes de narrar la primera caída de nuestros primeros padres, el Génesis dice: Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno del otro (Gn 2, 25). Después del pecado sienten vergüenza porque sus ojos y su corazón no están limpios y, al mirarse mutuamente, les cuesta vencer el egoísmo de buscar la propia satisfacción en la unión amorosa. El problema no está en la desnudez del cuerpo humano sino en los deseos que suscita el mirarlo con un corazón manchado.

                 El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?». Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?». Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí» (Gn 3, 9-14). Adán y Eva ahora sienten miedo de Dios y por eso se esconden de su vista. Y, por cómo Adán acusa a su mujer, se nota que también algo se ha roto entre ellos. 

                 El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3, 14-16). Es sorprendente que Dios, al castigar a la serpiente, símbolo del diablo, prometa ya, aunque de manera velada, la llegada de un Salvador: un descendiente de la primera mujer que aplastará la cabeza del Tentador, es decir, lo vencerá y le quitará el dominio que había adquirido sobre los hombres, debilitados ahora por su alejamiento de Dios a causa del pecado. Este es el primer anuncio de la venida de Jesucristo, nuestro Salvador, a la tierra.

                 A continuación, el Señor Dios va señalando las consecuencias del primer pecado: los dolores del parto para la mujer; la tendencia del hombre a dominar a la mujer; la fatiga que comporta desde entonces el trabajo; las dificultades para cultivar la tierra, porque también se ha trastocado la armonía que había entre el hombre y las demás criaturas, y finalmente la muerte, pues eres polvo y al polvo volverás (Gn 3, 19).

viernes, 2 de diciembre de 2016

EL ORIGEN DEL MAL, 1



              
                 Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal. (…) El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara. El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir» (Gn 2, 8-10, 15-18). La imagen de un jardín maravilloso describe el mundo en el que Dios pone a los dos primeros seres humanos. Era un mundo lleno de unidad y belleza, como una casa acogedora que calienta y alimenta, sin peligros ni amenazas. Dios confía este mundo al hombre, no para que lo explote a su gusto como si fuese su propiedad personal, sino para que lo cuide y lo cultive. El trabajo se presenta aquí como la invitación de Dios para que el hombre colabore con Él, de forma agradable, en la tarea de conservar la creación. En este relato, al plasmar la familiaridad entre Dios y las dos primeras personas humanas, se respira un ambiente de bondad, de fiesta. El dominio que Dios les concede sobre toda la creación sugiere que dentro de ellos había una armonía que nos resulta difícil imaginar ahora.

                   Respecto a la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, en el lenguaje de la Biblia es frecuente emplear dos realidades opuestas para expresar la totalidad; por ejemplo, “entrar y salir” quiere decir “vivir”. “Conocer el bien y el mal” puede significar conocer todo, pero esto es solo propio de Dios. Lo que Dios les prohíbe, por tanto, es que intenten reemplazar a Dios o “ser como Dios”. El hombre y la mujer son y siempre serán criaturas, es decir, seres dependientes de Dios. Dios les había dado la vida y, con ella, un espíritu inmortal, para que pudieran conocer el bien y el mal, no inventarlo. Ellos no eran Dios, por muy perfectos que Dios los hubiese hecho y por muy altos que los hubiera colocado en el mundo. La libertad del hombre tiene un límite, que él debe respetar: Dios y sus mandatos. 

                 La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» . La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (Gn 3, 1-6). La serpiente es imagen del ángel Satán –palabra hebrea que significa “enemigo”–, que habiendo sido creado bueno por Dios, se rebeló con otros ángeles contra su Creador y escogió separarse para siempre de Dios. Este ser, llamado también demonio o diablo, actúa movido por su odio a Dios e intenta apartar a los hombres de Dios. Es espíritu sin carne y tiene mucho poder porque conserva la inteligencia que Dios le dio. Por eso el relato del Génesis califica a la serpiente de “astuta” y la Biblia llama al demonio “padre de la mentira” y “homicida desde el principio”, porque incitó con engaño a Adán y Eva a rebelarse contra su Creador, y por eso perdieron su verdadera “vida”, que era la relación amorosa con Dios.

                 Y (la serpiente) dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3, 2). Con esta pregunta insidiosa, que deforma la verdad –ya que Dios no les había dicho eso– el diablo busca destruir la confianza en Dios de nuestros primeros padres y sembrar en ellos la sospecha contra la bondad de Dios. En el fondo, quiere cambiar la idea que tienen de Dios, presentándolo como enemigo de la libertad del hombre, porque no les deja comer de los árboles del jardín. Y aunque la mujer le aclara a la serpiente que no es verdad lo que pregunta, sin embargo, el veneno de la sospecha contra Dios ya está sembrado en el corazón de Adán y Eva. Desde ese momento, comienzan a ver en Dios no a un Padre amoroso que les ha regalado todo y los ha puesto en la cima de la creación visible, sino a alguien que molesta porque pone límites a su libertad. 

                 Una vez preparado el terreno, el diablo se lanza abiertamente a engañar a Adán y Eva, presentando a Dios como mentiroso y envidioso de la felicidad de los hombres: No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal (Gn 3, 4-6). La serpiente les confirma que, si desobedecen a Dios, no solo no morirán sino que serán como Dios. En estas últimas palabras está la fuerza del anzuelo tentador: “Seréis como Dios”, es decir, ya no dependeréis de nadie, vuestra libertad no tendrá ninguna limitación, podréis hacer lo que os dé la gana. En el fondo, lo que atrae al hombre es no depender de nadie, pero esto equivale a dejar de ser lo que es, criatura. El diablo le presenta el pecado, que es desobediencia y rebelión contra Dios, como una liberación de los límites propios de su condición de creatura, que ahora ven como una atadura insoportable.