Adán y Eva habían recibido unos regalos que estaban por encima de lo natural –la amistad con Dios, la condición de hijos de Dios y otros privilegios como el de no morir– no solamente para ellos dos, sino para todos sus descendientes, ya que el género humano forma como un cuerpo, donde sus miembros están unidos y lo que le sucede a uno repercute en los demás. Por eso todos los hombres heredamos las consecuencias del primer pecado de Adán y Eva, como hubiéramos heredado sus privilegios si ellos no se hubiesen rebelado contra Dios. Aunque sabemos que al nacer todos recibimos esos efectos del pecado, no podemos explicar cómo se transmite ese pecado desde Adán y Eva a nosotros. Desde luego, en Adán y Eva, su pecado es diferente que en nosotros, porque para ellos fue un pecado personal, pero para nosotros no. Ellos lo cometieron, nosotros lo contraemos al ser engendrados. Es como si alguien fabrica un virus peligroso y se infecta con él al manipularlo. Pero una vez fabricado, ese virus pasa a sus descendientes. Estos no son responsables pero lo padecen, están infectados. Se llama “pecado original” a ese “virus” que rompe nuestra armonía interior y con los demás seres racionales, que procede no de un pecado personal nuestro sino de un pecado “personal” de nuestros primeros padres, y que está en la base de nuestros “pecados personales”. El pecado original es un “estado” –nacemos “infectados”– no un acto, como fue en Adán y Eva.
El pecado de Adán y Eva cortó las relaciones de amistad de nuestros primeros padres con Dios y, por eso, en esta primera familia del mundo se empezaron a manifestar las consecuencias de esta separación de Dios: Caín, uno de los hijos de Adán y Eva, mató por envidia a su hermano Abel. Después, con el paso del tiempo, el corazón de los hombres se corrompió de tal forma que la tierra se llenó de violencia. La Biblia cuenta que entonces llovió intensamente durante cuarenta días, la tierra se inundó y murieron todos sus habitantes, salvo un hombre justo, Noé, al que Dios prometió que nunca más volvería a suceder algo semejante y como señal de su promesa hizo salir un magnífico arco iris en aquel lugar. Noé tuvo tres hijos, Sem, Cam y Jafet. Con el paso del tiempo, los hombres perdieron la memoria del único Dios verdadero que les había creado y comenzaron a adorar al sol, la luna, las estrellas, a los grandes ríos e incluso a las cimas de las montañas. Pasados muchos años, de uno de los descendientes de Sem, llamado Teraj, nació Abrán, un hombre al que Dios se dio a conocer y al que guio para fundar un pueblo, Israel, en el que Dios iba a cumplir la promesa de salvar a los hombres, que había hecho después del pecado de Adán y Eva.





