A
todos los hombres y mujeres, antes o después, nos vienen a la cabeza las “grandes
preguntas”: ¿Quién ha hecho el universo: las estrellas, el sol, los planetas,
la tierra, la luna? Y en la tierra, ¿quién ha hecho el mar, las plantas, las
fuentes, los pájaros, los peces, los animales? ¿Quién me ha dado la vida, tan
distinta de la que tienen los animales y las plantas? ¿Por qué puedo pensar y
amar, y decidir qué hacer? ¿Quién me ha enseñado a distinguir lo que está bien
y lo que está mal? ¿Cuál es la causa del mal y del dolor? ¿Quién ha puesto
dentro de mí el ansia de ser feliz y de vivir siempre? ¿De dónde han salido las
primeras personas humanas? ¿Qué va a pasar cuando muera: se acaba todo aquí… o
hay otra vida después de la muerte?
Las
religiones naturales de los pueblos primitivos surgen de la necesidad de
encontrar alguna respuesta a esas grandes preguntas. Generalmente esas
religiones naturales recogen leyendas antiguas que explican el origen del mundo
y de los hombres. Esos relatos cuentan que existen unos dioses en el mundo o
fuera de él, de los que salieron todas las cosas que vemos. Pero los hombres no
solo estamos interesados en conocer nuestro pasado sino también nuestro futuro.
Prácticamente todas las religiones naturales tienen ceremonias para los muertos
que demuestran que creían en una vida después de la muerte, y establecen unas
maneras propias de tener contentos a sus dioses, ofreciéndoles lo más valioso
que poseen, como ganado o frutos del campo o incluso niños. Con estas
prácticas, que se llaman “sacrificios”, tratan de evitar los fenómenos
naturales que les hacen daño, como terremotos, tormentas que destruyen las
cosechas, plagas, enfermedades, etc., porque piensan que proceden del enfado de
los dioses con ellos. A veces esos dioses son elementos de la misma naturaleza,
como el sol, la luna, los truenos, etc. Otras veces son personajes inmortales
que viven en otro mundo y sus historias son explicaciones de las virtudes y de
los vicios de los hombres.


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