
La
belleza del mundo es la primera manera con la que Dios se nos da a conocer. Hoy
en día, la mayor parte de la población mundial vive en ciudades. La luz de las
farolas de las calles impide contemplar el firmamento por la noche. El asfalto
ha tapado la tierra y, en muchas calles, las únicas plantas que podemos ver son
las que encontramos en las tiendas de flores o en los invernaderos. Las luces
de neón, la prisa, las imágenes virtuales que nos brindan el cine, la
televisión y los móviles, nos han quitado la capacidad de descubrir la belleza
que Dios nos ofrece gratuitamente en la naturaleza. Necesitamos recuperar la
mirada de asombro de los niños ante las maravillas que suceden a su alrededor.
Los niños no dan nada por supuesto. Para ellos todo es nuevo y sorprendente.
Sus ojos se abren ante lo pequeño y lo grande, ante la mosca que se mueve en el
cristal de la ventana y la nieve que pinta todo de blanco. Necesitamos unos
ojos nuevos para mirar con asombro y una inteligencia aguda capaz de descifrar
el mensaje que Dios ha grabado en sus obras. No es fácil leer ese mensaje
divino escrito en la belleza de la naturaleza, quizá porque para leerlo, además
de una inteligencia brillante hace falta un corazón limpio. Y nuestros
corazones se manchan con facilidad, ya desde el comienzo de nuestra vida. Aquí
asoma ahora la más complicada de las grandes preguntas: ¿Cuál es el origen del
mal y del dolor? Cada día leemos en los periódicos noticias que nos estremecen:
pueblos que tratan de eliminar a otros pueblos con matanzas horribles, como
sucedió en Ruanda hace pocos años; guerras provocadas por personas o gobiernos
que buscan conseguir riquezas naturales como petróleo, oro, diamantes, etc.;
terremotos y maremotos, accidentes de barcos, aviones y coches, asesinatos,
robos, violencia en las calles y en las casas, y un largo etcétera.
Por
otro lado, están las enfermedades que causan la muerte rápidamente a miles de
personas, como la malaria, el sida, el ébola y muchas más. Está también el
sufrimiento de millones de seres humanos que no tienen lo necesario para
alimentarse y necesitan salir de sus países para buscar lugares donde vivir con
un mínimo de dignidad y están esas miles de muertes producidas por el naufragio
de barcos con emigrantes.
A
toda esa oleada de catástrofes en la sociedad hay que añadir el mal que anida
en cada corazón humano. ¿Quién no siente la atracción hacia cosas que nos hacen
daño, porque ofrecen un momento de felicidad pero crean una dependencia que nos
esclaviza, como el alcohol, la droga, la pornografía, el comercio sexual, etc.?
¿Qué se ha roto dentro de nosotros para que la ira o el orgullo o el afán de
tener éxito o de dominar a los demás nos cieguen y nos empujen a usar la
mentira y la violencia que nos envilecen y avergüenzan después, cuando nos
calmamos? ¿Por qué usamos mal de nuestra libertad haciéndonos daño a nosotros
mismos y a los demás? ¿El que nos hizo se equivocó al fabricarnos o hemos sido
nosotros los que hemos ensuciado su obra? ¿Cuándo y cómo ha sucedido esto? 



